martes, abril 07, 2009

El día de las lombrices suicidas

Esta mañana, como todas las mañanas entre semana, me dirigía a mi lugar de trabajo en Kópavogur. Mi punto de partida es Reykjavík ya que ahí resido. Tras diez minutos de paseo matutino alcanzo mi autobús línea 1 en Landspítalinn que me lleva al intercambiador de Hamraborg donde me espera el autobús de la línea 2 con destino Smáralind (Kópavogur). Una vez alcanzado el destino, me esperan otros diez minutos de paseíllo triunfal hasta el edificio donde cohabitan las oficinas centrales de mi Compañía y los buitres más especializados en estos lares donde la crisis se prodiga de forma implacable.

En estos últimos diez minutos de sosiego obligado por la inexistencia de un vehículo propio que haga de catalizador de deseos de olvido y desesperanza, acrecentados por el también inexistente carnet de conducir, me siento identificado por unos pequeños animalillos a los que mis pies van desginando su destino. Y es que por doquier en la calzada se aprecian minúsculas líneas curvas de forma dispar que intuyo salieron a la búsqueda de una libertad o llamadas por el deseo de aventura dejando tras de sí el espeso césped que circunda las aceras para adentrarse en el desierto negro de la amalgama de piedra llana, cemento y asfalto.

Tras unos minutos de inconformidad por el papel que el destino me ha designado no tengo otra que aceptar lo inevitable, eso sí con la suficiente dignidad como para poder observar desde la lejanía los últimos instantes de las víctimas obligadas y voluntarias buscadoras del destino impregnado por el hado que no llegarán ni a atisbar.

Mañana será otro día, o no.

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